Los insultos que se convirtieron en hábitos de amor a la lengua inglesa

02 marzo 2018

El otro día estaba comiendo con un buen amigo, y entre una charla y otra le propuse escribir un artículo para nuestro blog donde reflejara alguna experiencia que tuviera que ver con la comunicación y los idiomas. Esta es la divertida historia que os aconsejo que leáis.

Mi primer contacto con una lengua que no fuera con la que me acuñaron fue un insulto. Y lo más molesto de todo fue que iba dirigido hacia mi persona.

Recuerdo exactamente el día porque estaba disfrutando de los primeros instante de las vacaciones familiares cuando anunciaron por la radio que acababa de morir el Papa Pablo VI.

Era el 6 de agosto de 1978, y el lugar era el camping de San Vicente de la Barquera. La tienda estaba montada y mis padres ya estaban colocando todos los cachivaches que iban a dar un aire de hogar a aquellas telas amarillas bien tensadas.

Yo contaba con tan sólo 12 años, y las primeras sombras de la noche en aquella veraniega playa cántabra me depararon conocer a un niño del país vecino, menor que yo, algo travieso y parlanchín, que me recibió con el apelativo de “couchon” a viva voz y con la cara algo desencajada.

Llevo pues desde la muerte de aquel Papa, luchando contra aquella mi primera experiencia con una lengua extranjera, y contra la estupefacción que me inoculó aquel inocente incidente.

A los doce años de aquel entonces, yo ya había cursado el primer año de la segunda etapa de EGB. Ya había dado por tanto mis primeros pasos en francés y había aprendido la gran mayoría de las palabras más comunes, así como una gran cantidad de animales silvestres y de granja.

Con esto quiero decir, que entendí a la primera lo que aquel gordito me quiso trasladar en aquella primera noche en el camping de San Vicente de la Barquera. Así que le arreé un mamporro que complicó las relaciones euro-comunitarias entre mis padres y los del energúmeno insultador, cuya tienda de campaña resultó no estar muy alejada de la nuestra.

Mis padres, tuvieron una etapa muy de campistas, y eso, obviamente nos incluía a mí y a mi hermano. Por lo que mis primeras experiencias con los idiomas se llevaron a cabo entre tiendas canadienses, igloos y bungalows.

Tras aquel “couchon” me bautizaron de nuevo, aquel mismo verano, pero en un camping de Burgos con otro insulto. Esta vez en inglés. “Stupid!”, me dijo una niña con no menor agresividad que aquella albondiguita francesa que vio en mí algún rasgo porcino.

Yo no sabía nada de inglés por aquel entonces, y era incluso virgen en cuestiones de Beatles o de Rolling Stones, pues en casa sólo había viejos discos de Antonio Molina y Emilio el Moro. Así que quien me tradujo lo que se me quiso decir fue una prima que viajaba con nosotros, algo mayor que yo, y que estaba haciendo un curso de azafata de vuelo en una academia que se llamaba Formatik Center.

El vocablo “Stupid”, relacionado con nuestro “Estúpido”, son muy “best friend”, muy “cognates”, quiero decir que proceden de la misma raíz latina y significan lo mismo. Ambos vienen de STUPERE que significa quedar paralizado, estupefacto, aturdido. Pero donde aquella niña dijo “stupid”, yo no entendí nada en absoluto hasta que mi prima Begoña me ayudó con la traducción. Lo dejé pasar, sin embargo, y no me encaré con ella (con la inglesita, digo). Al menos no recuerdo, a día de hoy, ninguna riña digna de remembranza.

Desde aquellos años, nunca nadie más me ha insultado en otras lenguas que no fuera la mía, y tampoco mucho, la verdad. Y a todos los que lo hicieron, y les entendí, les dejé en el suelo algo magullados y tumefactos, arrepentidos de no haberlo hecho en cualquiera otro idioma como el alemán o el polaco, ya que de esa forma hubieran podido escurrir mejor el bulto sin menoscabo alguno para su integridad física.

Después, lo que vi al crecer es que las lenguas no son armas arrojadizas, sino puentes, bridges, ponts… Oportunidades u ocasiones perdidas, manos tendidas, puertas entornadas que te invitan a empujarlas para ver otros paisajes humanos. Libros por leer. Canciones por entender y cantar. ¡Oh las canciones! Sus letras en su maravillosa aleación con la música, donde Mr Zimmerman, Robert Allen Zimmerman, han pulido el maravilloso diamante de nada más ni nada menos que un Premio Nobel de Literatura.

Desde The Beatles (los mejores profesores de la lengua inglesa) hasta Wilco, por ejemplo, el inglés se convirtió en una cálida enredadera que me ha acompañado desde que era un teenager, en una herramienta que me permitía saber qué diantres quería decirme Robert Halford, o Neil Young, o el desafortunado Chris Cornell, tan echado de menos desde el primer día que nos dejó.

La frontera la supuso el momento en el que pude dejar de cantar en “guachupino”, esa especie de xenoglosia divertida, para empezar a entender lo que se me decía en “ I dont mind stealing bread from the mouth of decadence. But I cant feed on the powerless when muy cup´s already overfilled, yeah!” y la cantaba con toda propiedad. Sabiendo ya lo que querían decirme aquellos de Seattle, y a mí se me iba erizando el vello cuando rasgaba mi air-guitar a todo volumen.

Y desde entonces el inglés se convirtió en esa pequeña mochila que llevaba en la espalda y a la que iba echando de ciento en viento alguna que otra piedrilla: palabras, idioms, canciones enteras…. hasta que fui notando su peso en mi torpe paso. Y se convirtió en esa pequeña sombra que me acompaña y me convierte en un everlasting learner.

Lo que partió de un fútil insulto se transmutó en un hobby compulsivo. Y aquellas pequeñas e inocentes malsonancias (manos blancas no ofenden) se trocaron en hábitos de amor a la lengua, que me obligan constantemente a dar paladas y ahondar en la de Shakespeare, de forma torpe, sí; aunque con toda la querencia del filólogo en el que me acabé convirtiendo; y aunque sólo fuera para saber exactamente qué había detrás de aquellas palabras del camping del 78, cuando todavía estaba caliente el cuerpo del Papa Pablo the sixth.
.Fructus

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